Capítulo 3

- ¿Qué pasó?, me refiero para acabar en el orfanato – pregunta con voz queda.

Siento una punzada de dolor en el pecho y parpadeo para contener las lágrimas. Dave se da cuenta, consigo percibir un toque de culpabilidad en sus ojos, y al hablar, en su voz.

- Yo… lo siento. No debí preguntártelo – se disculpa agachando la cabeza.

Aunque me resulte extraño, en ese instante, tengo la necesidad de explicárselo todo.

- No, no debes disculparte, no he hablado de ello con nadie, y tal vez sea el momento de hacerlo – digo esbozando una sonrisa amarga. Le relato toda la historia con voz entrecortada, de vez en cuando alguna que otra lágrima resbala por mi mejilla, pero Dave finge no darse cuenta y escucha atento mis palabras, como si estuviera contándole algo de vital importancia. Cuando termino, a pesar de tener los ojos levemente enrojecidos, me siento mejor que nunca, tengo la sensación de haberme quitado una enorme carga de encima.

Sin embargo, Dave, continúa en silencio unos segundos, asimilando lo que le he contado.

- No sabes cuanto lo lamento Cloe… - me dice

- No tienes por qué preocuparte, lo asumiré – contestó apartando la vista.            Pero ahora que ya sabe como acabé en el orfanato me intriga saber su historia, y no dudo en preguntar, clavo mi mirada en sus brillantes ojos verdes.

- ¿Y a ti?, ¿Qué te ocurrió? – pregunto.

Dave, deja escapar un largo suspiro, aparta la vista unos instantes pero de nuevo levanta la cabeza y me mira, la alegría se ha desvanecido, y sus ojos están teñidos de dolor.

- Era una tarde de invierno, - comienza a narrar – nevaba, la calle estaba cubierta por un hermoso manto blanco, los niños jugaban fuera haciendo muñecos de nieve o lanzándose bolas divertidos. Yo quería salir a jugar también, tendría seis o siete años, por aquel entonces mis padres no me dejaban salir solo de casa, y con razón, podría pasarme algo, me prometieron que más tarde saldríamos los tres a dar un paseo y me llevarían al parque, que estaban ocupados trabajando.

Pero salió el sol y la nieve se derritió, cuando salimos de casa no quedaban más que algunos charcos, yo no pude evitarlo y me puse a llorar, monté una estúpida rabieta en la puerta de casa, subí a mi habitación y cerré la puerta de un portazo, tenía tantas ganas de jugar con la nieve… mis padres se disculparon, me dijeron que no era culpa suya, que tenían que trabajar, pero no les escuché, después de todo era pequeño. Cada vez que me enfadaba, enterraba la cabeza bajo la almohada y gritaba todo lo fuerte que podía, pero de pronto escuché un golpe sordo proveniente del piso de abajo, a pesar de que me sobresalté no le di demasiada importancia, pensé que tal vez se habría caído algo, pero ha ese golpe le sucedió otro, y después otro más. Extrañado bajé a ver que había ocurrido, y lo que vi. me destrozó, mi padre estaba tendido en el suelo, con la cara pálida y la mirada perdida, mi madre estaba apoyada en la pared, una mueca de horror le cruzaba el rostro, y ante ella un par de hombres vestidos de negro, con puñales en las manos, la acorralaban, de pronto mi madre se percató de mi presencia, clavó su mirada y me gritó horrorizada “corre hijo ¡Corre!” entonces uno de los hombres bajó el brazo y descargó con fuerza el puñal sobre el pecho de mi madre que soltó un grito de dolor. Entonces escapé, la puerta estaba abierta y los hombres no se fijaron en mí, estaban demasiado ocupados saboreando el éxito de su misión, salí a la calle y un aire helado me golpeó el rostro, pero no me importo, corrí, corrí hasta quedar exhausto. Cuando no pude más me senté en el suelo a descansar, estaba muerto de frío, no paraba de tiritar, estaba asustado, intentaba asimilar todo lo que había ocurrido y tratar de encontrarle un significado. Comenzó a nevar con fuerza, pero ya no me apetecía jugar, me sentía muy arrepentido de mi pataleta, fue lo último que le dije a mis padres, lo mucho que estaba enfadado con ellos. No era capaz de comprender por que aquellos hombres habían terminado con su vida, sin tratar de evitarlo me puse a llorar, y me quedé dormido en mitad de la calle, cuando desperté estaba en el orfanato, me dijeron que una mujer me había recogido y me había llevado hasta allí.

No puedo evitar que las lágrimas invadan mi mirada, es una historia horrible, no soy capaz de imaginar lo mal que lo habrá pasado, ahora permanece callado, está ausente, nunca lo había visto de aquella manera, desprende sufrimiento, es como si pudiera ver lo que siente. Me acerco a él lentamente, le coloco un brazo sobre los hombros, entonces rompe a llorar, no digo nada, se que mis palabras no servirán de nada, nadie merece pasar por algo así y me prometo que a partir de ahora no me separaré de Dave, será como mi hermano mayor, nos apoyaremos el uno al otro, es una promesa silenciosa, sin voz, pero es como si la gritara, porque sé que el también la ha escuchado, le abrazo con fuerza, me rompe el corazón verlo de esta manera.

- Vengaré su muerte… - dice entre sollozos – averiguaré que ocurrió… morirán.

Esto me hace comprender que muchas veces la sonrisa es tan solo una máscara para ocultar la realidad, para fingir que no pasa nada, que todos está controlado, y él es un maestro del disfraz.

Y bajo un manto de melancolía la lluvia cae, iracunda, sobre nuestras inocentes almas, trayendo el silencio, sin que nadie pueda evitarlo.

Después el mundo mágico en el que estamos se desvanece, haciéndonos volver a la dura realidad, que incluso cuando parece desparecida, está acechando.

 

Estamos sentados en la cama, nos miramos, creo que nunca había sentido tanta tristeza, Dave tiene los ojos enrojecidos.

- Gracias… - murmura en una voz apenas audible – por todo, por estar a mi lado… nunca había llorado tanto, es más, desde aquel día no había vuelto a llorar… siento que hayas tenido que verme así, en realidad…

- Dave – le interrumpo, mi voz es triste pero firme – no debes disculparte por nada, me alegro de haber estado a tu lado en un momento así, a veces lo mejor es dejarse caer, desahogarse, es demasiada tristeza acumulada, y llorar no es malo.

Nos mantenemos un rato en silencio que finalmente rompo.

- Necesito que me prometas algo – digo.

Levanta la cabeza, me mira fijamente, puedo ver su interior a través de sus ojos, no responde.

- Prométeme que estaremos siempre juntos, que nos apoyaremos, pase lo que pase, que nada podrá separarnos, como hermanos… - le pido con un tono de súplica.

No duda en responder.

- Te lo prometo – suena como un susurro, pero la firmeza de sus palabras me hace entender que lo cumplirá.

 

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